Cuando Daniel Canogar era sólo un adolescente que apuntaba maneras de artista, allá por los años 80 del siglo pasado, este chico de barrio perdido entre las brumas de la edad decidió comprarse una cámara de fotos en El Rastro y fotografiar la vida de la ciudad a ras de suelo. El resultado de la popular «brownie hawkeye» es una serie compuesta por 20 maravillosas instantáneas de Madrid -absolutamente cautivadoras- que anuncian en blanco y negro, con su carga de misterio, “una apasionada conciencia de la vida”, cualidad insobornable del arte
Desde entonces, Daniel Canogar no ha dejado de “intoxicarse”, como él mismo dice, con las contradicciones de una ciudad que adora y que reivindica una y otra vez como ciudad “imprescindible” para vivir y también como espacio de creación. A dos manzanas de La Quinta de los Molinos, al este de la capital, se yergue el estudio/vivienda -con trazas industriales- de la familia Canogar, una saga de artistas -pintores, escultores y arquitectos- que han seguido la estela del padre, el gran pintor español de vanguardia Rafael Canogar, fundador del Grupo El Paso.
¿Madrid es una obligación o una elección?
Sin duda, una elección. Soy español y norteamericano, gozo de la doble nacionalidad. Y he vivido en Nueva York, en Los Ángeles -mi madre nació allí- y en la ciudad de Montreal, y puedo asegurar que la calidad de vida de Madrid es incomparable. Acogedora como pocas, la capital abre sus brazos a todos y está llena de vida. Su oferta cultural no desmerece en absoluto a la de las grandes metrópolis europeas.
Este enamoramiento que no cesa con la ciudad que le vio nacer acaba de ser recompensado con la selección de una de sus obras -Vértice- para presidir el Bulevar de la calle Juan Bravo de Madrid.
Este faro de luz, metáfora de la claridad que el periodismo busca revelar, es, en realidad, un mausoleo a los caídos, levantado por el Ayuntamiento de Madrid para rendir homenaje a los periodistas muertos en el campo de batalla. En su interior, como una letanía, el nombre de los reporteros que perdieron la vida dando cuenta de las atrocidades de la guerra se repite una y otra vez in memoriam.
El paisaje urbano de la capital incluye obras monumentales de Eduardo Chillida, Joan Miró, Martín Chirino y Eusebio Sempere, y ahora también de Daniel Canogar ¿Qué le impulsó a presentarse a este concurso público?
Mi madre Ann era periodista, yo estudié en la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid y es una profesión que conozco y admiro, y como tantos otros ciudadanos del mundo temo por la libertad de expresión hoy en peligro. Rendir homenaje a los grandes reporteros de este país que dieron su vida por defender la libertad de prensa me llena de orgullo y deseo que todos los madrileños se acerquen a contemplar mi obra y a rendir su propio homenaje a los caídos.
Durante la inauguración de Vértice, en un acto que contó con la presencia del alcalde José Luis Martínez Almeida, María Rey, la presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid, señaló que éste era un homenaje a los compañeros que en algún momento se volvieron incómodos para algún tipo de poder ¿Hay algo más actual hoy en día, más vanguardista, que reflexionar sobre la negra estela del poder?
Me siento en la necesidad de destruir la imagen sagrada del poder, una realidad con la que mantengo como artista una ambivalencia incómoda ¿Puede/debe el creador estar alejado del poder? Forma parte del catálogo de mis obsesiones, como la basura tecnológica, la crisis climática, la sociedad de la vigilancia o el efecto magnético de la pornografía.
Una gran instalación lumínica preside su estudio en la calle Tracia de Madrid. Los rostros de los 100 hombres más influyentes de nuestra época son derribados una y otra vez por un algoritmo que deforma sus facciones, difumina sus identidades y destruye sus liderazgos. Su estética orgánica -hipnótica- evoca los primeros experimentos analíticos de Daniel Canogar en el cuarto oscuro, imitando las emulsiones fotosensibles agrietadas y las burbujas propias de las fotografías dañadas.
‘Iconoclasta’ disuelve la imagen sagrada del poder y lo hace a través del informalismo, el lenguaje pictórico de su padre, Rafael Canogar. De esta manera, la construcción y destrucción del ídolo como signo de nuestro tiempo se nutre de claras referencias pictóricas del pasado.
Mis inicios están marcados por la necesidad de revelarme contra el universo pictórico de mi padre, pero ahora siento la exigencia de todo lo contrario. Ésta es una obra llena de referencias. El proceso de distorsión y degradación de la carne digital se alimenta formalmente de la angustia y deformación de las pinturas de Francis Bacon y también se inspira en el trasfondo de decadencia y dobles identidades presentes en la celebre obra literaria de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray.
Pasado, presente y futuro en un diálogo permanente. El uso de chatarra tecnológica en muchas de sus instalaciones ha reavivado el debate sobre la amnesia colectiva y la velocidad del progreso contemporáneo, pero en sus conversaciones con el pasado también hay un esfuerzo de gigante por explicar cómo los medios digitales transforman nuestra relación con la historia del arte. Hablando de Madrid ¿cuál es su relación con el Museo del Prado?
Es de todos conocido que, en el año 2019, coincidiendo con el Bicentenario del Museo del Prado, proyecté una obra algorítmica sobre su fachada -Amalgama El Prado- que licuó y fundió algunas de las grandes obras de los maestros de la pintura -Goya, Velázquez o El Greco- en un flujo visual constante, un juego dialéctico que intentaba reflexionar sobre la manera en que los medios digitales transforman nuestra relación con la historia del arte.
Pero el Museo del Prado es para mí mucho más que un espacio arqueológico. Heredé de mi padre el amor por nuestra gran pinacoteca y vuelvo a ella una y otra vez con el deseo de observar y aprender cómo los grandes artistas del pasado lidiaron con los temas de su tiempo.
La ansiedad de la influencia, de la que tanto habló Harold Bloom, ya no es un problema para mí y mi vinculación emocional e intelectual con El Prado, y lo que significó para mi padre, es permanente.
El oficio de crear
Daniel Canogar lidia con su oficio desde que era un adolescente. La figura todopoderosa del padre le llevó inicialmente por los derroteros de la fotografía y le impulsó a buscar su identidad artística fuera de nuestras fronteras.
Americano por herencia materna, Estados Unidos resultó ser un territorio inhóspito para el creador. Allí pasó más de una década, pero sólo al volver a España encontró lo que buscaba.
Un lenguaje visual único que le ha convertido en pionero y referente del arte digital dentro y fuera de nuestras fronteras. Desde 2024 es académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y sus obras gozan de un merecidísimo prestigio internacional, en Europa, Asia y también en el continente americano.
Como otros muchos artistas españoles y extranjeros que han abierto nuevos caminos dentro del arte contemporáneo, sus instalaciones se proyectan y exhiben en ferias y museos de todo el mundo bajo la batuta de Alberto de Juan, Max Estrella.
