The New Madrid Post, en colaboración con Grupo Herodotus se unen en una serie para mirar Madrid a través de su historia: relatos que explican de dónde venimos y ayudan a entender algunas de las claves de nuestro presente.
Corre el año 1983. Con la reciente llegada de la democracia, muchos debates administrativos y territoriales vuelven a ponerse encima de la mesa para marcar el devenir de una nueva etapa en la historia de España. Entre estas, viejas, cuestiones, emerge sin sorpresa para nadie el planteamiento de un nuevo sistema territorial en el que las provincias pueden agruparse en comunidades autónomas, cambiando la percepción del mapa político de España una vez más.
Hasta la llegada de la Constitución de 1978 y el posterior desarrollo de las autonomías, España se regía por la división provincial de 1833 de Javier de Burgos. El mapa político de España por aquel entonces tenía diferencias significativas con el que hoy conocemos, con asociaciones entre provincias que probablemente hoy, acostumbrados a nuestro sistema autonómico post-78, no nos serían tan intuitivas. Albacete, por ejemplo, formaba parte de la Región de Murcia antes de unirse a Toledo, Guadalajara, Ciudad Real y Cuenca. O, más al norte, las provincias de León, Zamora y Salamanca formaron una única región leonesa antes de pasar a unirse al resto de provincias castellanas del norte y conformar lo que ya hoy conocemos como Castilla y León. En esta ocasión, Madrid no fue una excepción. Antes de ser una comunidad autónoma por sí misma, la provincia de Madrid pertenecía a la región de Castilla la Nueva, junto a Toledo, Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara.
De Castilla la Nueva a la Comunidad de Madrid
Sin embargo, esta situación cambiaría con el inicio de la nueva organización territorial. Madrid dejaría de estar vinculada al resto de provincias de Castilla la Nueva, cuyos dirigentes preautonómicos buscaban construir una identidad regional propia, asociada a la llanura manchega, la agricultura y un desarrollo más equilibrado entre capitales de tamaño medio, sin quedar eclipsadas por la capital de España. Madrid tampoco optaría por convertirse en una suerte de «distrito federal», al estilo de Washington D. C., ya que ese modelo habría privado a los madrileños del derecho constitucional al autogobierno regional.
Dado que Madrid no cumplía los requisitos habituales del artículo 143 de la Constitución (es decir, no tenía una identidad regional histórica diferenciada de las Castillas), las Cortes Generales tuvieron que aprobar una ley orgánica basándose en el artículo 144, permitiendo crear una comunidad autónoma por motivos de interés nacional para provincias que no tengan una entidad regional histórica previa.
Y si hay autonomía madrileña, hay elecciones madrileñas. Joaquín Leguina, candidato del PSOE, se convertía en el primer presidente de la Comunidad de Madrid tras las primeras elecciones a la Asambea de la recién nacida comunidad autónoma. El político cántabro se pondría al frente del ejecutivo de una región tan nueva que carecía por completo de heráldica o simbología propia que uniera a municipios tan dispares como Alcalá de Henares, Móstoles o la propia capital.
Siete estrellas para una identidad nueva
Los encargados de llevar a cabo el símbolo de los madrileños fueron el poeta Santiago Amón Hortelano (Baracaldo, 1927) y el artista José María Cruz Novillo (Cuenca, 1936). Por un lado, Amón fue el encargado de buscar la justificación histórica y conceptual, recuperando el color rojo heráldico de Castilla, el rojo carmesí, y rescatando las siete estrellas del escudo de la villa de Madrid, vinculadas a la constelación de la Osa Mayor que guiaba a los pastores en el Medievo. Por otro lado, Cruz Novillo recogió el concepto histórico de Amón y lo simplificó al extremo bajo la máxima de la modernidad, transformando el escudo medieval en un símbolo limpio: un fondo rojo encendido, más vivo que el carmesí tradicional, y siete estrellas de cinco puntas perfectamente alineadas en dos filas (cuatro arriba y tres abajo). Estas cinco puntas, por cierto, también tienen su sentido: representan a las cinco provincias limítrofes de la nueva autonomía: Ávila, Segovia, Guadalajara, Cuenca y Toledo.
Nuestros símbolos ayudan a explicar momentos y procesos históricos capitales en la formación de nuestra identidad colectiva.
Como todas las regiones de España, nuestros símbolos ayudan a explicar momentos y procesos históricos capitales en la formación de nuestra identidad colectiva. No parece ninguna casualidad que la historia detrás de estas siete estrellas blancas sobre un fondo rojo explique parte de la identidad colectiva madrileña: cómo el presidente cántabro de un Madrid moderno encargó a un poeta vizcaíno y un artista conquense la labor de aterrizar en un símbolo la identidad de los madrileños de hoy.