El Teatro Real saborea un presente “especialmente brillante” con calidad y demanda

Vista de la fachada del Teatro Real, ubicado en la Plaza de Oriente, frente al Palacio Real.| Jesús Hellín / Europa Pres
Vista de la fachada del Teatro Real, ubicado en la Plaza de Oriente, frente al Palacio Real.| Jesús Hellín / Europa Pres

La institución del siglo XIX es un referente internacional a pesar de su dura historia

(Redactor)
10 de septiembre de 2026 - 08:00

Quién hubiera dicho durante la construcción del Teatro Real y las largas épocas de cierre a cal y canto que el patio de butacas estaría hoy más lleno que nunca. La institución es un prodigio histórico, técnico, cultural y administrativo que mantiene su vigencia en 2025. El director general, Ignacio García-Belenguer, defiende que “se ha convertido en un referente cultural en España y en Europa”. 

En diciembre de 2024, el Teatro Real aprobó su Plan Estratégico hasta 2030, que pone el foco en la internacionalización –con la mirada en Estados Unidos, China, Japón, Corea, México y Oriente Medio– y la celebración del 30 aniversario de su reapertura. Esta hoja de ruta llega después de haber cumplido “en su totalidad” el anterior plan, con el que la institución capeó el vendaval de la pandemia.

El director artístico del Teatro Real, Joan Matabosch, subraya que el teatro disfruta de un presente “especialmente brillante” gracias a su prestigio, la calidad de sus producciones y la “sólida demanda” que genera entre el público. Su notoriedad ha sido reconocida con el título a Mejor Teatro de Ópera del mundo en 2021. Pero no siempre ha sido así.

 

Una historia digna de una ópera

La trayectoria del Teatro Real es un relato tan emocionante como muchas de las obras que ha acogido. Es un recorrido de luces y sombras, de esplendor y de penurias, que continúa marcando el caminar de la institución a día de hoy. Matabosch insiste en el ahínco de la programación en “subsanar cuanto antes” las lagunas culturales que ha sufrido el Real.

El icónico edificio empezó a construirse en 1818 en el mismo solar donde unos meses antes estaba el Real Teatro de los Caños del Peral, que llegó a acoger las sesiones de las Cortes Constituyentes de Cádiz. El objetivo era claro: que Madrid contara con un coliseo equiparable a los mejores de Europa. 

Lo consiguió durante décadas, pero en 1925 cerró provisionalmente a causa de un hundimiento. No reabrió hasta 1966, tras años inoperativo por las dificultades de las obras de reconstrucción y el impacto de la Guerra Civil. Lo hizo como auditorio y sede del Real Conservatorio Superior de Música y Escuela de Arte Dramático, pero no como aquello para lo que había nacido: ser uno de los templos de la ópera mundiales. 

En 1991 se sometió a siete años de obras de rehabilitación para volver en 1997, ahora ya sí, como aquello que había venido a ser. “Esto explica que casi la mitad de las óperas que se han propuesto estas últimas temporadas hayan sido estreno en el Teatro Real”, afirma Matabosch. 

 

Una programación diversa como el público al que aspira

Por un lado, el director artístico apuesta por  “reivindicar títulos del siglo XIX que en su momento fueron muy populares pero han caído en el olvido”. La misma ‘Maria Stuarda’ de Donizetti es hoy una de las óperas más apreciadas del belcantismo romántico. 

En esta línea, erige como una de las responsabilidades del Teatro Real conseguir que lleguen a Madrid “títulos, compositores y movimientos artísticos que no son conocidos, o no lo suficiente”. Sin ir más lejos, ha programado en las últimas temporadas dos de las mejores óperas de Charpentier –‘Médée’ y ‘David et Jonathas’– y una de Rameau –’Les indes galantes’–. Con ello, ha sacado a la palestra el barroco francés, tan poco interpretado en la capital española.

Por otro lado, el Plan estratégico vigente compatibiliza la excelencia en la Ópera con el compromiso de impulsar “el desarrollo tecnológico y audiovisual y las políticas de captación de nuevos públicos”. En especial, jóvenes. En este contexto, García-Belenguer destaca la apertura del Real a “diferentes expresiones culturales”, como el flamenco, el pop y el jazz.

 

En los zapatos de una intérprete

El Teatro Real acoge cada temporada entre ocho y diez títulos. La mezzosoprano Ana Ibarra vuelve esta temporada con ‘La vida breve y Tejas verdes’.  Han pasado más de veinte años desde que pisó por primera vez el escenario madrileño. A pesar del tiempo y la experiencia, Ibarra continúa considerando un sueño actuar en el Real, y subrayando el mismo rasgo distintivo: “Pase lo que pase, siempre tienes a alguien detrás. Esto da mucha paz. No pasa en otros teatros, es algo especial”.

La institución madrileña coproduce con los más importantes escenarios internacionales –como Covent Garden, la Ópera Nacional de París y el Metropolitan de Nueva York– y los mejores directores de escena pasan regularmente por sus instalaciones –desde Deborah Warner hasta Christof Loy, Laurent Pelly o David McVicar–. En cuanto a los directores de orquestra, han gobernado el escenario nada menos que Gustavo Gimeno e Ivor Bolton, y entre los cantantes invitados de esta temporada han figurado Ermonela Jaho, Elina Garanca, Joyce DiDonato y un largo etcétera.

Matabosch sostiene que el espectáculo operístico es fruto de un “combate permanente en tres direcciones”. Citando al histórico director de la Ópera de París Rolf Liebermann, advierte del peligro que suponen para el proceso creativo la burocracia, las “intervenciones directas del poder” y el “esnobismo del público”. El Teatro Real es un aplaudido ganador, que se erige como puntal del panorama internacional temporada tras temporada.

 

La visión empresarial tras el proyecto artístico

La institución también se distingue a nivel mundial por un modelo de gobernanza prácticamente único. Su patronato reúne a representantes del sector público como los Reyes, el Gobierno central, la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento, pero también a destacados miembros de la sociedad civil como Antonio Brufau (presidente de Repsol), Isidro Fainé (Fundación Bancaria La Caixa), Florentino Pérez (ACS y Real Madrid) o José María Álvarez-Pallete (Telefónica).

García-Belenguer asegura que ello les permite “permanecer ajenos a desequilibrios políticos, intereses partidistas y ajustes presupuestarios”. Advierte que la supervivencia de la institución “depende de una suma de fuerzas”, entre las que destaca la aportación pública y el mecenazgo privado. sí, pero también la fidelización del público. “Estamos centrados en el proyecto cultural”, celebra.

 

“Parte del paisaje de Madrid”

El director general opina con orgullo que “la historia de Madrid no se entendería sin la existencia del Teatro Real”, por lo que cree que es “parte del paisaje” de la ciudad y “del corazón de sus vecinos”. Matabosch agradece que el público más veterano “se haya hecho suyo, como una posesión” el repertorio. 

“Las obras de arte expresan experiencias humanas, no meras anécdotas. Ir a una representación de una ópera tiene sentido porque habla de nosotros mismos: expresa lo que somos y lo que sentimos. Por eso nos podemos reconocer en ella”, reflexiona.

 

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