Al Feliz no se va a trabajar, sino a estar. Lo decide la casa, que no deja abrir un ordenador, y el cliente acaba agradeciéndolo: por una vez levanta la vista de la pantalla y descubre que tiene a alguien enfrente.
Un folletinista en la buhardilla
La calle lleva el nombre de Manuel Fernández y González, sevillano y maestro del folletín. Escribió unas trescientas novelas, ganó fortunas que se le escaparon entre los dedos y murió pobre en una buhardilla en 1888.
Un joven Blasco Ibáñez fue su secretario y le escribía al dictado. Siglo y medio después, en la calle del novelista arruinado y sobre lo que fue una vieja tienda de ultramarinos, hay un café que se llama Feliz. Hay justicias poéticas que se toman su tiempo.
De Nueva York a Lope de Vega
Zeis, barcelonés, y Danica, de Nueva Jersey, se conocieron en Nueva York, como no podía ser de otra manera, tomando café. En 2018 abrieron un local diminuto en el número 2 de la calle Lope de Vega. Con los años, el Feliz original se quedó pequeño y pasó a ser to go. Así nació en Manuel Fernández y González el to stay, el café pensado para quedarse.

El café, lo primero
He recorrido los cafés de especialidad con más nombre de Madrid; a los entendidos les diré que, sin excepción, al menos todos los que están dentro de la M-30. El Feliz está en mi podio, y no precisamente en el tercer escalón.
El café llega de Rotterdam y lo tuesta Manhattan Coffee Roasters, una casa nacida en el mundo de los campeonatos de barismo que trabaja lotes pequeños directamente con los productores. Su intención es llevar café de competición a la taza de diario, y lo tuestan en una máquina rosa que, en esta casa, parece menos una casualidad que una afinidad.
La carta de bebidas cabe en una cuartilla enmarcada en latón gastado: espresso, cortado, americano, café con leche, cappuccino, flat white y un mocha con cacao al 70%. El espresso es limpio, sin ese amargor de quemado que tantas barras confunden con carácter, y el flat white funciona como prueba del algodón. Cuesta 3,50 euros y en la casa presumen, con humor, de servir el mejor que hayas probado. No exageran. Para quien huye del café hay matcha, chai y té en tetera; los indecisos pueden pedir un dirty chai, el chai con un espresso dentro.
En la casa presumen de servir el mejor flat white que hayas probado. No exageran.
Elogio del trocito
Las tostadas son de pan de masa madre y se sirven hasta las cuatro de la tarde. Las hay de aceite, de tomate, de mermelada casera con mantequilla y de jamón ibérico. En cualquier cafetería de Madrid, la de jamón suele llegar con la loncha entera tendida encima. En el Feliz llega en trocitos, un detalle que parece menor hasta que uno entiende que aquí alguien ha pensado en cómo se come lo que se sirve.
El resto de la carta salada se reduce a cuatro bocados: croissant con mermelada, croissant de jamón y queso a la plancha, grilled cheese y sándwich mixto, además de fruta. Es una carta corta, sin relleno.
Los dulces no figuran en ella y hay que mirar la barra, donde espera el cinnamon roll entre muchas otras delicias. Si hubiera oposiciones a catador de cinnamon rolls, aquí prepararía el temario.
Asesores entre semana, sopranos el sábado
Por su cercanía al Congreso de los Diputados, de lunes a viernes el Feliz se llena de asesores parlamentarios. Asesores, que no políticos: estos últimos van al Manolo, en Jovellanos, a por sus croquetas. Aquí se toma café con el teléfono boca abajo y se habla bajito, por si acaso.
El fin de semana el barrio cambia de reparto y por esas calles bohemias puede aparecer una soprano, un intelectual con el periódico doblado o alguien que, sencillamente, no tiene ninguna prisa.

Blanco, rosa pastel y un espejo antiguo
Dentro manda el blanco, con paredes claras y mesas de mármol, mientras las plantas, algún toque de rosa pastel, el latón con pátina de bandejas y cartas y un espejo vintage que parece haber visto pasar más de una vida rompen la uniformidad. El mobiliario es de anticuario y la vajilla, bonita; se nota la mano de alguien que ha pasado media vida diseñando. Parte de la cerámica hecha a mano se vende allí mismo, junto a velas y bolsas de tela.
Zeis suele estar la mayoría de los días detrás de la barra, en la cocina o donde haga falta. También elige la música con el mismo cuidado que pone en el café, hasta el punto de que hay quien viene solo por ella. Puede sonar Harvest Moon, de Neil Young, y después “O Pato”, de João Gilberto.
El Feliz pequeño
El Feliz tiene un problema que es también parte de su mérito: se llena de conocidos. Cuando saludar empieza a costar más que el café, queda una salida. A la vuelta de la esquina sigue el Feliz original, el to go de Lope de Vega, pequeño, con sitio para muy pocas personas y con el mismo café.
Allí está siempre Claudine, que se sabe el pedido antes de que lo digas y tiene el don de hacer que un local de pocos metros parezca el mejor sitio de Madrid. Con ella detrás de la barra y sin vecinos de mesa, las conversaciones se vuelven infinitas.
En el Feliz pequeño, Claudine se sabe el pedido antes de que lo digas.
Dicen sus dueños que en FELIZ han nacido amistades y hasta algún amor. Lo creo, porque un buen café siempre ha sido una excusa excelente para quedarse. Fernández y González murió pobre. Su calle, en cambio, hace feliz a cualquiera por tres euros y medio.