Manuela Carmena fue alcaldesa de Madrid entre 2015 y 2019, tras una dilatada carrera como jurista. Carmena protagonizó la segunda entrega de los Momentos Estelares de The New Madrid Post, un ciclo de encuentros que volvió a convocar a representantes de la sociedad civil de la capital en CUPRA City Garage Madrid. "El Ayuntamiento debe ser una institución amable y cercana, apoyada en la solidaridad, la creatividad y la participación", fue una de las principales conclusiones de la sesión, en la que conversó con el arquitecto y urbanista Fernando Caballero, miembro del equipo de The New Madrid Post.
Cuando te presentaste a la alcaldía, ¿cuál querías que fuese tu legado y qué crees que se cumplió de aquello?
La verdad es que ni se me ocurrió pensar en el concepto de "legado"; fue algo totalmente sobrevenido. Cuando me plantearon ir en una candidatura que había surgido con fuerza en los barrios, mi primera reacción fue decir que no, porque nunca me atrajo tener un cargo político. En mi época de jueza ya rechacé una propuesta para ser secretaria de Estado en el Ministerio del Interior. Sin embargo, la gestión pública me apasiona; me enamora trabajar desde las instituciones para favorecer la vida de los ciudadanos.
Al asumir la alcaldía no pensé en legados, pero sí tenía claro que el Ayuntamiento debía ser una institución amable y cercana, apoyada en tres pilares: solidaridad (proteger a quienes peor lo pasan), creatividad (imaginación para que la ciudad no se quede chica ni aburrida) y participación. Siempre concebí al alcalde como el director de una orquesta, pero teniendo claro que ni la música ni los instrumentos son suyos, sino de la propia ciudad.

De esa partitura surgieron actuaciones de gran visibilidad durante tu mandato: la implantación de Madrid Central, la peatonalización de la Gran Vía, la reforma de plaza de España o el desbloqueo de Madrid Nuevo Norte. ¿Qué idea común une a proyectos tan diversos?
Esas actuaciones son las que trascendieron a los medios de comunicación, pero en la Administración hay multitud de cosas que no salen en prensa y que los ciudadanos valoran profundamente. La idea de fondo es que toda la sociedad está representada en el Ayuntamiento y los programas no pueden hacerse solo para tus votantes, sino para todos. Eso exige diversidad y apertura. Claro que también quedan asignaturas pendientes: por ejemplo, en julio de 2015 visité el Palacio de la duquesa de Osuna e impulsé la creación de un museo dedicado a su figura y a las mujeres del siglo XVIII, un proyecto muy personal que lamentablemente no dio tiempo a concluir.
Junto a esas intervenciones de escala urbana, impulsasteis una escala muy barrial, involucrando a las asociaciones de vecinos. En una capital global conectada a flujos internacionales, ¿cómo se conjuga la dimensión macro con la escala micro del barrio?
Hay que reconocer la singularidad propia de cada barrio; la ciudad es una acumulación de barrios y la identidad no puede ubicarse solo en el centro histórico. Por eso nos parecía prioritario potenciar la vida en los parques de los distritos periféricos. Recuerdo acompañar a una magistrada argelina a visitar el barrio de Orcasitas y mostrarle su central de calefacción comunitaria, gestionada por los propios vecinos: un ejemplo brillante de iniciativa colectiva. En definitiva, mi idea es que hay que relacionar efectivamente lo pequeño con lo grande.
¿Cómo se consigue que distritos fuera de la M-30 —como Villaverde, Usera o Carabanchel— ofrezcan las mismas oportunidades y se reduzcan las brechas sociales?
Fomentando enormemente la imaginación desde la Administración pública. Esto supone un reto porque la burocracia suele mostrar reparos hacia lo nuevo por miedo a la ilegalidad o a las querellas. Pero una ciudad no puede avanzar si no tiene las orejas abiertas para escuchar. En los Plenos de Niños que organizábamos, una adolescente nos trajo en una caja de galletas su propuesta de cómo debía ser un centro para adolescentes y, a partir de esa idea, lo construimos. Cuando la ciudad crece sobre la iniciativa ciudadana, el trabajo público resulta fascinante.
Mirando con perspectiva, ¿qué huella sigues percibiendo en el Madrid actual de la etapa que encabezaste?
Percibo una huella de enorme cariño ciudadano que me impresiona. Al ir en metro o caminando por la calle, mucha gente se acerca a sonreírme o a darme las gracias por haber pensado en ellos de una manera sencilla, incluso personas que me comentan abiertamente que votan al Partido Popular, pero aprecian la cercanía de la gestión.

Madrid Nuevo Norte llevaba más de dos décadas bloqueado. ¿Qué permitió cerrar finalmente el acuerdo y qué enseñanza extraes de esa negociación?
Cuando llegamos al Gobierno municipal, diseñamos una alternativa que corregía la propuesta inicial formulada por Adif, BBVA y San José. Tras un inicio tenso con el sector bancario, les pedí paciencia para negociar un punto de encuentro entre sus intereses y las necesidades del Ayuntamiento. El elemento decisivo fue el cambio en el Ministerio de Fomento: la llegada de Íñigo de la Serna —quien al haber sido alcalde de Santander comprendía la función y sensibilidad de un municipio— permitió que nos entendiéramos de inmediato. Lo que me entristece y desespera es que, tras quedar aprobado en 2019, en 2026 apenas se haya ejecutado casi nada por la lentitud de la gestión administrativa y de la construcción.
En materia de vivienda, ¿debemos asumir que las nuevas generaciones vivirán de alquiler o hay que recuperar el modelo de sociedad de propietarios?
La mayoría de los españoles desean ser propietarios y creo que hay que fomentar la propiedad. El auge del alquiler surgió como una respuesta improvisada tras la quiebra e hipotecas de la crisis de 2008. Cuando llegamos al Ayuntamiento, la normativa ni siquiera permitía a la empresa municipal construir vivienda pública para alquilar, solo para vender, y tuvimos que cambiar el reglamento de inmediato.
El problema es que el alquiler no se ha trabajado con rigor ni visión de Estado. En lugar de generar disputas entre comunidades autónomas y el Gobierno central, se debió reformar la Ley de Arrendamientos Urbanos (LAU) —cuya competencia estatal es incuestionable— para fijar contratos de arrendamiento de larga duración y estabilizar los importes de las rentas. Ha faltado una verdadera política de bien común en esta materia.

Madrid Central fue una medida transformadora, pero se aprobó al final de la legislatura. ¿Por qué no se ejecutó antes?
Éramos un equipo nuevo que afrontó un clima de confrontación política y judicial tremendo desde el primer día. Por ejemplo, cuando decidimos integrar la gestión de BiciMAD en la Empresa Municipal de Transportes (EMT) —medida alabada por todos hoy en día—, sufrimos una querella judicial que se prolongó durante todo el mandato y se archivó justo tres días antes de las elecciones. Ese acoso constante nos restó agilidad. Como autocrítica, reconozco que debimos ser más dinámicos para sacar los proyectos con mayor rapidez.
¿Esa presión procedía solo de la oposición o también de tu propio espacio político?
Yo siempre fui independiente de verdad. Las candidaturas de barrio buscaron una figura por la etiqueta, pero al comprobar que ejercía mi independencia con hechos, a muchos les costó entenderlo. A los políticos hay que elegirlos por su trayectoria, cómo organizan su vida y su calidad humana, no por pancartas ni mítines, que siempre me han parecido sermones desde un púlpito.
La limpieza es un problema recurrente en las grandes capitales. ¿Por qué resulta tan difícil mantener limpia una ciudad de forma sostenida?
El error estratégico fue entregar la limpieza a grandes contratas privadas. El Ayuntamiento pasa de limpiar a convertirse en un mero inspector burocrático, enredado en pleitos donde las empresas ganaban el 70 % de las reclamaciones judiciales gracias a sus potentes equipos jurídicos. Defiendo que la limpieza debe ser un servicio público directo. Nosotros probamos con éxito pequeñas unidades barriales de intervención directa con vecinos del distrito, un modelo micro infinitamente más eficaz que el control administrativo de grandes contratos privados.
La realidad metropolitana de Madrid supera los siete millones de habitantes. ¿Cómo debería organizarse la gobernanza entre el municipio central, los distritos y el área metropolitana?
En mi etapa como jueza decana reorganizamos el reparto de notificaciones judiciales asignando notificadores a calles concretas, logrando máxima eficacia desde el conocimiento directo de lo micro.
En la Administración municipal, creo que es un error vincular la elección del alcalde a concejales que asumen áreas de gobierno. Se debería elegir directamente al alcalde y contar con un pleno de control independiente, como en París o Nueva York. Además, cada distrito debería funcionar con una estructura similar a una alcaldía de barrio y debería crearse la figura del alcalde de la noche, un responsable municipal dedicado a velar por la convivencia, la seguridad y los servicios en la ciudad nocturna.

Tres preguntas finales: tu principal temor sobre Madrid, un proyecto estratégico para 2050 y una lección para futuros alcaldes.
Respecto a mi principal temor, confieso que me preocupa el pasotismo o la desafección de los madrileños; que terminen sintiendo que la institución no es suya y se despreocupen de su propia ciudad. Si pienso en un proyecto estratégico para el Madrid de 2050, el verdadero reto es conseguir que cada barrio de la capital cuente con un elemento único y singular, una estrella propia que lo haga verdaderamente insustituible. Y, por último, como lección de futuro me gustaría recalcar que un alcalde no es un político de partido: el regidor no tiene siglas ni debe obedecer a consignas partidistas, sino ser y sentirse el alcalde de todos los ciudadanos.
Muchas gracias, alcaldesa.
Gracias a vosotros. Y, antes de terminar, me dejaría cerrar con una reflexión. En este momento en que vivimos situaciones de desahucio tan injustas, conviene recordar cómo evoluciona la empatía en las leyes. Ya en la Ley de Enjuiciamiento Civil de 1870 se aseguraba que la persona embargada no perdiera la cama ni lo esencial. En Madrid deberíamos rendir un gran homenaje a Concepción Arenal. En marzo de 1881, tras presenciar el desahucio de una anciana en la calle de la Reina, quedó tan conmocionada que impulsó la Constructora Benéfica para levantar más de doscientas viviendas obreras en la capital. Madrid debería contar con un museo o espacio de recuerdo para ella, recordando que una sociedad emocionalmente desarrollada no puede dejar a nadie en la calle y debe construir siempre alternativas.