Madrid en la encrucijada

Fernando Caballero

*Lorem ipsum dolor sit amet consectetur adipisicing elit.

05 de junio de 2026 a las 11:46h
pexels mateusz 17421341

Cuando se habla de competición entre grandes ciudades, en nuestra cabeza podemos pensar que se trata de una carrera con principio y final. Esta imagen es equivocada. Más bien deberíamos hablar de una sucesión casi infinita de muchas carreras. Unas para atraer talento, otras para atraer empresas o inversión..y otras para que las empresas, el talento y la inversión que surgen aquí no se vaya fuera.

Hay muchas formas de ir ganando esas carreras. Conseguir que la vivienda esté al alcance de los bolsillos de la gente, ayuda mucho a que el talento joven arraigue en la ciudad. Apostar por la bicicleta como forma de diversificación de la movilidad, por la densidad para evitar los trayectos largos, la vegetación para eliminar las islas de calor o por un modelo turístico que no desnaturalice la propia ciudad son formas de mantener su atractivo y de aumentar el valor de los intangibles que ofrece la urbe y que ayudan a hacer más robusto este sistema complejísimo que es una gran ciudad.

No hay una meta, es una carrera de fondo sin fin, o más bien, con el único fin de que los ciudadanos de cada época puedan vivir lo mejor posible. Lo que sí que hay son baches y caídas en el camino. Hay ciudades que a veces van en la delantera y luego la complacencia hace que sus contradicciones no se gestionen debidamente, aumenten y caigan posiciones mientras otras mutan y resurgen renovadas en un sprint hasta la cabeza del pelotón.

Madrid está en ese sprint. Llevaba siglo y medio al trote, tranquila, acelerando despacio y viendo como muchas otras ciudades le adelantaban. Pero ahora tiene energía para correr. Sin embargo hay que gestionar bien esa energía para que dure mucho tiempo, para que su ascenso sea constante. Para no consumirla rápidamente. Para no asumir tensiones en nuestros músculos, ni lesionarnos en el camino. Ahora estamos viendo que este tipo de cosas le han sucedido a otras grandes ciudades globales de nuestro entorno (Londres, París, Nueva York…), que han querido correr mucho y muy rápido y ahora empiezan a tener problemas serios para continuar a buen ritmo.

En este momento Madrid tiene una ventaja muy interesante: va por detrás, tiene potencia para seguir corriendo, y desde la distancia ya puede ver donde han pisado un bache sus competidoras. Esto significa que podemos esquivarlos a tiempo…pero no olvidemos que la distancia se acorta. Delante tenemos varios retos muy importantes. Obstáculos que otros no supieron o no pudieron esquivar. Hoy trataremos tres de ellos.

El primero -y fundamental para abordar todos los demás- es crecer de forma estructurada y ordenada. Cuenta el urbanista Jose Luis Infanzón que al igual que las ciudades, el cuerpo humano es un sistema complejo que en sus años mozos crece, pero un cuerpo sano lo hace siguiendo las directrices que marca su esqueleto. Su estructura.

En la estructura de las ciudades pequeñas y medianas hay un centro y una periferia. La relación entre ambas partes suele ser equilibrada porque, a fin de cuentas, en 20 o 30 minutos uno puede llegar paseando a muchos sitios. Hay fronteras urbanas, sí, hay problemas, pero son pequeños y abordables.

Sin embargo, cuando aumenta la escala de la ciudad esa relación comienza a desequilibrarse. El tamaño de la ciudad aumenta y también el de sus zonas problemáticas.

Si los problemas aumentan de tamaño, son más difíciles de solucionar y controlar. Esto significa que los problemas empeoran. Aumentan de gravedad y de tamaño.

En el centro de la gran ciudad, donde todo va bien, donde fluye el dinero, el movimiento también aumenta. Y con ello los precios. Aumenta hasta el punto de que se desborda hacia zonas que antes eran periféricas, zonas que se vuelven barrios de moda para las clases creativas.

Pensemos en un huevo frito que no deja de crecer. El crecimiento de la yema da la sensación de que el sistema es más próspero y rico, pero la clara, la periferia, también está aumentando y aumentando y aumentando. Eso le ha sucedido a París. El centro de la ciudad es el municipio homónimo al que vamos los turistas, pero fuera de su anillo periférico se extiende una inmensa ciudad dormitorio repleta de problemas, frustraciones y resentimientos que se mantienen latentes hasta que estallan cada cierto tiempo.

En Madrid estamos a tiempo de corregir esa relación entre centro y periferia y la forma es fomentar otras centralidades. Muchos centros atractivos y bien conectados en el municipio de Madrid y en los municipios vecinos hacen que haya muchas periferias de tamaño reducido entre medias de ellos. Un conjunto de pequeños huevos fritos, donde las distancias entre las claras y las yemas es cercana, donde los problemas se localizan en en lugares más pequeños y son más abordables. Por tanto, donde las tensiones se reparten y son más asumibles que si las concentrásemos en un solo punto. Estaríamos creando así un sistema más robusto, con redundancias y diversificación de opciones. De aquí a 2050 uno de los grandes retos de Madrid y su región metropolitana es asumir un modelo policéntrico que la convierta en una ciudad de ciudades. Porque, como en las inversiones, la idea fundamental es no poner todos los huevos en la misma cesta.

El segundo gran reto es el de la vivienda. Una ciudad es una red neuronal. Cientos de miles de millones de neuronas interactúan cada día cada vez que sus habitantes se cruzan, hablan, se mezclan y llegan a conclusiones que…con suerte pueden convertirse en grandes ideas, en grandes empresas, canciones, invenciones que generan prosperidad y trabajo para mucha gente. La economía del conocimiento necesita esas neuronas distintas y éstas necesitan espacios donde conectarse. El espacio compartido es la cazuela donde se meterán los ingredientes de la originalidad. Y esas ideas pueden surgir de la necesidad y la inteligencia de una chica hija de inmigrantes que vive en un barrio humilde. Si no creamos las condiciones para que esa chica tenga contacto con personas de otros ambientes, sus ideas nunca germinarán. Seremos más pobres y menos inteligentes. Nuestro sistema nos habrá fallado a todos. Por eso es importante que la vivienda asequible esté repartida. Que la ciudad no se guetifique en zonas de ricos y de pobres.

Durante décadas, Venezuela vivió en la ilusión de la riqueza y la opulencia que producía el petróleo. Mientras tanto, España, sin grandes commodities, fue capaz de crecer de forma estructurada y multiplicar sus capacidades utilizando mejor sus recursos y su fuerza de trabajo.

Junto al agua y la energía, el principal recurso de las ciudades son las neuronas de sus habitantes. De hecho, es el único de los tres que una urbe puede producir de forma masiva. Bien gestionado es lo que puede multiplicar nuestras capacidades. Frankfurt tiene la población de Valencia pero es más rica que Madrid. Eso es así porque sus recursos están más optimizados y la inteligencia tiene más lugares donde germinar. Volviendo al símil del cuerpo humano, necesitamos ser más magros. La grasa que nos sobra son los coeficientes intelectuales altos que no aprovechamos o que no vienen porque no se lo pueden permitir.

El tercer gran reto es mantener una movilidad de primer nivel o mejorarla. Un cerebro no es necesariamente más inteligente por ser más grande, sino por la velocidad de sus conexiones neuronales. El tiempo es dinero y si cada semana, cada mes y cada año, millones de personas pierden dos horas diarias en el bus, en el metro, el cercanías incidentado o en el atasco, el coste de oportunidad que estamos pagando se mide en miles de millones de euros, en oportunidades perdidas y en desequilibrios económicos, medioambientales y también emocionales y psicológicos. Madrid tiene una movilidad que se tensiona y descompensa poco a poco. Faltan conexiones. Faltan líneas de metro y cercanías. Faltan carriles bici y sobran coches. Como ocurre con el colesterol, no es cuestión de ideología ni de libertad. Es una cuestión de mantener un sistema equilibrado.

Como cualquier gran ciudad, Madrid también tiene muchos problemas. Pero tenemos una suerte inmensa. Tenemos la mayor esperanza de vida del mundo, un alto nivel educativo, tenemos margen y capacidad para mejorar. Además tenemos recursos para ello y, sobre todo, tenemos espacio para materializarlo. Es por todo ello que The New Madrid Post nace con la voluntad de aportar en ese futuro deseable para todos. De afrontar estos retos (no hemos tratado el reto medioambiental, ni el territorial. Lo haremos), y de dar voz a los protagonistas que los afrontan.

En la carrera de las grandes ciudades la meta no consiste en superar a esta o la otra en tal o cual ránking. El objetivo es aprender de los errores ajenos y no fallar donde otros lo han hecho. En los momentos de cambio, en las encrucijadas y en los saltos de escala, toca hablar de lo que queremos ser y de cómo llegar a serlo. En Madrid toca hablar de modelo de ciudad. De cómo conseguir un modelo distensionado, justo y equilibrado. Un sistema robusto y antifrágil. Por eso un servidor tratará este tema desde la firme convicción de que el policentrismo es la base estratégica, el camino que, frente a otras megalópolis del mundo, nos hará mejores, más sostenibles, más inteligentes y más prósperos.