Yo, que jamás he vivido en Madrid, llevo toda mi vida mirando a Madrid. Viajando a Madrid, saliendo por Madrid, preocupado por qué pasa en Madrid, qué se piensa en Madrid y cómo se vive en Madrid; pero nunca en Madrid.
Los vallisoletanos somos orgullosos correveidiles madrileños. Nos sentimos muy comprometidos e identificados con nuestra ciudad, pero entendemos que nutrirnos de la cercanía a una de las grandes urbes europeas es un regalo. Nos gusta pasar el finde en Madrid, probar suerte unos años en la gran ciudad y pensar que, si hay suerte, un día volveremos a casa porque en la provincia se vive muy bien. La vida hace que ese camino de vuelta se atranque para la mayoría. Lo vivimos sin drama: 50 minutos de AVE no son nada. No lo son para el que decide volverse ni para el que decide quedarse. Y esa es la gran paradoja que proyecta hoy Madrid: una metrópolis que excede su término municipal, incluso su área metropolitana, y se extiende más allá de su comunidad autónoma. Una ciudad obligada a responsabilizarse de lo que ocurre a cada vez más kilómetros de su núcleo urbano. Esa cercanía para ciudades como la mía es un regalo, envenenado para unos y bendito para otros. Pero no hay nada como acudir a los datos: la provincia de Valladolid lleva dos años recuperando población después de veinte en números rojos.
Durante mi etapa universitaria fui un asiduo excursionista madrileño de fin de semana. El viernes cogía el ALSA, dormía en algún sofá, me asomaba al ambiente político de la capital del reino y volvía presumiendo de las mazo movidas que ocurren en los garitos madrileños. Venía bien educado de mi adolescencia, donde Madrid equivalía a la tríada Las Rozas Village - Hard Rock Cafe - musical en la Gran Vía. Un regalo de cumpleaños que quizá nunca recibió un auténtico madrileño. Ese Madrid de la provincia sigue bajando a la capital a ver las luces de Navidad, al papa y la última exposición del Caixa Fórum, pero hoy convive y disputa su espacio con la ciudad que eligió el hombre más rico del mundo para organizar su despedida de soltero.
Madrid no hace tanto era más asequible y menos cosmopolita. Madrid era y es la orgullosa capital de España, pero hoy se enfrenta al reto de asumir su rol como urbe global sin olvidar su identidad. Un reto que todos observamos con expectación y muchos con optimismo. Desde fuera de España es más fácil ser positivo. El exilio te enseña que lo español, lo castizo, tiene más fuerza de la que nos creemos los propios españoles. Spain is different, y Madrid lo será. Quien se alejó, lo sabe.
Mi plan, como el de muchos, siempre fue acabar la carrera y coger la única salida posible para quien no quiere ser funcionario: mudarse a Madrid. Entonces se me cruzó Bruselas. Desde entonces sigo mirando a Madrid, volviendo a Madrid -ahora por Barajas- y cogiendo el AVE a casa. La liberalización del sector ferroviario y el sueldo europeo permiten ahorrarse el autocar. Sigo durmiendo en sofás. Bruselas acomoda a cualquiera, pero en Madrid uno no puede dormirse.
Quien vive fuera de España vive idealizando o negando la vuelta, pero todo el mundo la tiene en mente, porque es imposible librarse de la disyuntiva. Ese anhelo perpetuo te obliga a poner los ojos en Madrid. Porque volver a Madrid cada vez implica menos “volver” y se parece más a “ir”. Ir a una ciudad nueva, con más oportunidades y, aunque todavía con peores condiciones laborales que otras villas de Europa, con un estilo propio que permite seguir apurando la vida.
En mis últimas miradas he observado que una especie de falso pesimismo empieza a abrirse paso en la ciudad. No me preocupa en exceso. Como el treintañero que se consolida en el trabajo y está a punto de casarse, el madrileño te repite constantemente que la vida -la ciudad- ya no sabe cómo antes. Crecer siempre implica renuncias. Es cierto que todo está notablemente más caro, más lleno e incluso parece que más lejos, y es frustrante esa sensación de que en Madrid todo sube más rápido que los salarios. Sin embargo, de fondo, lo que subyace para muchos es simplemente el viejo pecado de las grandes ciudades: la queja. Los neoyorquinos se quejan de los precios de las casas de Nueva York, pero siguen dispuestos a permanecer despiertos en la ciudad que nunca duerme. Los franceses odian y aman París. Londres sigue atrayendo profesionales de todo el planeta, aunque hacer dinero sea más complicado que antes. Madrid me mata, pero me quedo. Algo tendrá el vino si tanto gusta.
No tengo fecha ni prisa para mi “vuelta” a Madrid. No tengo un plan definido, ni seguramente sería capaz de organizar uno. Pero tengo la sensación de que cada vez somos más los que vivimos mirando la capital de España desde lugares cada vez más lejanos. Y eso, en sí mismo, ya es una gran noticia. Incluido para los madrileños que nunca hemos vivido en Madrid.