
Es como cuando te abrochas delante del espejo esa camisa que tú sabes, como cuando por fin guardas el abrigo, como cuando la tapa es una gilda, como cuando hay un hueco para aparcar en la puerta, como cuando un principio de canción te devuelve a los veintipocos, como cuando llega la pizza caliente a casa y la cortas en triángulos perfectos. Es difícil explicar el mayo madrileño sin acordarte de los momentos cotidianos de magia, como cuando suena la cafetera a primera hora o empieza a salir agua caliente en la ducha. Diríamos que nuestro mayo es como el septiembre barcelonés, cuando se encadena el buen tiempo con las fiestas locales, pero nos llega antes y no después del verano, cuando todo empieza y no cuando todo acaba.
En Madrid tenemos nuestro pequeño orgullo del 2 de mayo, nuestro breve recuerdo de que alguna vez fuimos héroes y expulsamos al invasor, aunque fuera para que todo se torciera después. Eso no lo pensamos, porque luego llegan los chotis del 15 de mayo en la pradera de San Isidro y los conciertos de las Vistillas, nuestro principio de la Feria del Libro en el Retiro, nuestro mejor tiempo, nuestro principio de los cielos soleados de los que tanto presumimos y nuestras terrazas desbordadas por una primavera ansiada tras los fríos meses del invierno. Son las mangas cortas, las gafas de sol, las tardes que terminan de madrugada, las alergias primaverales y los planes que cada año miran ansiosos el calendario para ver cómo caen los puentes.
Pero Madrid es un sitio peculiar. Celebramos las menos propias de las fiestas propias. Sin identidad arraigada, sin soberbia, sin rollos y sin nada que sea tan nuestro como para no compartirlo. El 2 de mayo, día de la Comunidad de Madrid, es sobre todo una plaza, el ‘dosde’. Nuestra heroína Manuela Malasaña es sobre todo un barrio, tan nuestro que lo hacemos universal: Palermo en Buenos Aires, la Roma en la Ciudad de México, el Trastévere de Roma, Gracia en Barcelona, el Soho de Málaga, Montmartre en París. Preguntado un madrileño por cualquiera de estos sitios, su respuesta será estándar: ‘es el Malasaña de allí’, y habrá establecido como prioridad en su viaje encontrarlo. Cómo iba a ser casualidad que el barrio de Malasaña, antes de tomar el nombre de nuestra panadera más ilustre, se llamara el barrio de Maravillas.
Hay razones que explican por qué nuestras fiestas son tan poco nuestras. La primera, supongo, es porque muchos madrileños aprovechan y se van de puente. La segunda es porque Madrid es más fiesta en el Orgullo o en la Hispanidad que en el 2 o en el 15 de mayo. Y la tercera, claro, porque madrileños somos muchos, pero de Madrid somos pocos y poco militantes. Los de Madrid somos de nuestro barrio o de nuestro colegio, de nuestros bares o de nuestra música, de nuestros pinchos de tortilla o de nuestros vermús. Hay madrileños con cada uno de los acentos del español, hay madrileños de paso, hay madrileños quejosos de Madrid, hay madrileños enamorados de Madrid y hay madrileños que todavía no saben que son madrileños. Pero pocas de las construcciones íntimas del que es de Madrid tiene mucho que ver con el 2 de mayo.
Nuestro 2 de mayo está íntimamente ligado a la herencia estética que nos dejó uno de los primeros influencers de la historia, Francisco de Goya, que trazó los marcos del imaginario que todavía se recrea dos siglos después. Pero nos solemos remitir a quienes mejor nos contaron, de Benito Pérez Galdós a Joaquín Sabina, de C. Tangana a Antonio López, de Almudena Grandes a Camilo José Cela, de Enrique Urquijo a Mecano, de Antonio Vega a Pedro Almodóvar, de Rosendo a Alcalá Norte.
Es verdad que el 2 de mayo forma parte de la cultura pop en los libros de Arturo Pérez-Reverte o de Galdós, en los cuadros de Goya o de Sorolla, en la música de Federico Chueca o en el cine de Garci. Pero es difícil pensar que tenga un lugar prioritario en la mochila emocional que cada persona que nace, vive o llega a Madrid construye con el tiempo. Quizá sea porque Madrid siga siendo esa ciudad rebelde que expulsó al invasor, que se niega a que le expliquen quién es, que se niega a etiquetarse o que se rebela contra la tiranía de las identidades. Quizá sea porque Madrid se pone de gala pero sin demasiada pompa, quizá porque Madrid prefiere hacer bandera de lo que ofrece, una vida libre y en paz, o quizá porque Madrid sigue siendo una ciudad de ciudades construida sobre esperanzas y anhelos de progreso que nadie se molestó nunca en definir demasiado.
No lo tengo muy claro, porque yo también soy madrileño, de Chamberí. Yo no bailo chotis, no voy a la pradera de San Isidro (porque es el paraíso del polen primaveral), no me calo la boina de chulapo y no voy al ‘dosde’ el 2 de mayo.
Pero sé que no lo sé porque no saber es lo que mejor define Madrid. Lo que sí sé es que el mejor momento del año para las buenas noticias es el mayo madrileño, porque aunque sea lo menos propio de las cosas propias no hay nada como salir a la calle con esa camisa que tú sabes y dejarse llevar por una ciudad que vive, por fin, su mejor momento del año y, probablemente, de su historia.