Quince años esperando la vuelta del Papa a Madrid

H. G. Serrano

04 de junio de 2026
JMJ 2011
JMJ 2011. Autor: Peter Potrowl.

Agosto de 2011. Madrid.

La Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) llegó por fin a la capital, abarrotando calles, plazas, restaurantes, medios de transporte y, por supuesto, iglesias. Las banderas de todos los países imaginables ondeaban colgadas de los cuellos de los peregrinos que viajaron al sur de Europa para poder ver, aunque fuera de lejos, a un Benedicto XVI que ya empezaba a mostrar sus primeros síntomas de cansancio, después de llevar, por aquel entonces, más de seis años en la silla de san Pedro. Madrid tenía un aire renovado, vibrante e irónicamente fresco, pese a los más de 35 ºC que hizo durante aquellos días de mitad de agosto (en los que los peregrinos nórdicos sufrían incrédulos frente a aquella ola de calor normalizada entre los españoles). Daba igual a dónde se mirara, a qué rincón de la ciudad se fuera, que siempre había un grupo de jóvenes ilusionados o de voluntarios dispuestos a ayudar (con su característico polo verde chillón). 

Esas jornadas me pillaron habiendo acabado primero de carrera, con 19 años recién cumplidos, en un momento vital en el que piensas que todo es fácil, divertido y en el que lo que no haces no es porque no puedas, sino porque no te lo has propuesto. Fueron unos días agotadores, de no quitarse ese polo verde de orgulloso voluntario, de tocar casa únicamente para dormir lo mínimo necesario para poder mantenerte en pie al día siguiente; días de hacer nuevos amigos, prometiendo ir a verlos al otro lado del mundo (consciente, en el fondo, de que ese viaje nunca iba a suceder) y de recorrer Madrid de una manera diferente, sabiendo que daba igual a quién te encontraras porque podías sonreír con complicidad por estar viviendo los dos esa gran experiencia. Recuerdo caminar por el centro del paseo de Recoletos hasta Cibeles, sin coches, con la bandera de España atada a la cintura, mientras los peregrinos nos preguntaban, una y otra vez, cómo podían llegar al sitio al que todo turista joven quiere ir: la tienda del Real Madrid (pero si tenéis ahí el Prado, ¡por favor!). Me acuerdo de una adoración en la iglesia de San José, en plena calle Alcalá, donde un grupo de finlandesas nos pidió que les enseñáramos a abrir y mover el abanico con tanto estilo como lo hacíamos los madrileños (con permiso de los andaluces). Recuerdo también a un colombiano (¡pelirrojo!) que iba por el Retiro intercambiando pulseras de su país con todo el que llevaba una del suyo, precedente que las fans de Taylor Swift adoptaron años más tarde para sus conciertos en el Bernabéu. Y, como estas, miles de anécdotas de nuestra ciudad sin ningún tipo de relevancia, que lo único que dejaban patente era la alegría siempre característica de los cristianos. Pues, en el fondo, no era más que eso: un grupo de jóvenes, sin las ideas aún muy claras, pero con una única convicción: ver al Vicario de Cristo en la Tierra, para reafirmarse en un camino que iba más allá del planazo, ya que era una forma de vida, con la fe por bandera y con Jesús como faro.

Sería ingenuo pensar que esta visita del Papa León XIV va a tener un impacto igual en Madrid que aquella otra vez, pues es sabido que un viaje apostólico no tiene las mismas repercusiones que unas jornadas que, como su propio nombre indica, invitan a vivirlas mundialmente. Dudo mucho que todas las líneas de metro se abarroten de gente cantando y tocando la guitarra como lo hicieron entonces, o que un manto de distintas banderas llene la misa del Corpus como si de una cumbre de la ONU se tratara. Tampoco vamos a dormir en el suelo, como hicimos en Cuatro Vientos para la vigilia que cerraba aquel viaje. Y, aunque seguramente sí suframos el mismo calor que entonces, confiemos en que no nos caiga el chaparrón (con tintes de diluvio universal) que nos empapó a todos en esa explanada mientras esperábamos a que saliera Benedicto para rezar junto a él. 

No, este viaje se prevé más institucional, más comedido o, desgraciadamente, incluso más político (¿cuándo se enterarán de que la Iglesia católica y la fe no siguen los esquemas políticos actuales?, pero eso es otro tema…). Se puede incluso percibir como más revolucionario, después del revuelo causado por la publicación de la primera encíclica de León, Magnifica Humanitas, en la que pide preservar nuestra humanidad frente a la omnipresente y a veces peligrosa inteligencia artificial. Y para mí y mi generación tiene sentido que así sea: aquello fue un sueño de juventud; esta, una visita más formal, que se corresponde con la madurez acorde a esta tortuosa década de los treinta en la que nos encontramos.

Sin embargo, y siguiendo el lema oficial del viaje, alzamos la mirada y vemos lo que esta visita en realidad supone: para muchos será la primera oportunidad de ver en vivo a un Pontífice y, desgraciadamente, para otros será la última (pero ¡qué bien que haya una última!). Madrid, tan viva y enérgica como siempre, no deja a nadie atrás y siempre acoge a los que llegan. Y se prepara, siempre, con sus mejores galas, para recibir al que traerá de vuelta a España tanta ilusión y alegría, que falta nos hace. Y sí, reconozcámoslo, frustra tener calles cortadas y andamios por doquier, pero, como cualquier fiesta que se precie, los preparativos siempre son caóticos y se olvidan en el momento de la gran celebración. 

Han pasado quince años desde que coreábamos aquel equis, uve, palito (en referencia al número que acompañaba el nombre de Benedicto: XVI) en aquellos tórridos días de verano. No sé si la vigilia de jóvenes (si aún se me considera uno) del sábado o la misa del domingo las viviré con la misma ilusión e ingenuidad que aquella vez. Pero me basta saber que habrá nuevos jóvenes de toda España, fruto de este nuevo boom del renacer católico, que alzarán su mirada para ver, en la ciudad donde todos caben, a aquel que representa la acogida y el consuelo para quienes buscan respuestas. Y, como hicimos nosotros en su momento, crearán un recuerdo imborrable que los acompañará en su camino de fe hacia la vida adulta, mientras gritan, por primera vez y al unísono, equis, palito, uve.

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H. G. Serrano