Lo desconocía antes de comisariar la exposición sobre vino Madrid también se bebe. Cuando la historiadora Mares del Barrio tuvo que coger el coche y recorrer pueblos y campos de la Comunidad para recabar información, descubrió las posibilidades que esconde. “Existe ese afán de que fuera se está mejor, y los madrileños no somos conscientes de lo que hay aquí. Nosotros mismos tenemos que abrir los ojos y empezar”, defiende Del Barrio.
El localizador audiovisual Fran Castro, acostumbrado a moverse por la región madrileña para participar en todo tipo de rodajes, subraya la diversidad de opciones que reúne: “En el norte hay muchos pueblos y la Sierra de Madrid, que es un gran valor. En cambio, hacia el sur hay una zona más árida, casi desértica”.
La Comunidad cuenta con un extenso patrimonio histórico y cultural, impulsado por el hecho de que Madrid fuera designada la capital del Reino en época de Felipe II. También tiene parajes naturales, una amplia oferta gastronómica y vitivinícola y, aunque resulte sorprendente, incluso playas y aguas donde practicar la náutica.
Villas medievales al sur
En un sábado cualquiera es buena idea acercarse a Nuevo Baztán, un pequeño pueblo del siglo XVIII que forma parte de la red de Pueblos Más Bonitos de España. A 50 kilómetros al sureste de la capital, su Palacio barroco –obra del famoso arquitecto José de Churriguera– recibe a visitantes y curiosos con las puertas abiertas. Completan el conjunto monumental un puñado de iglesias, plazas, callejuelas y una bodega histórica. “Es un pueblo muy bonito que te haces en una mañana”, asegura Del Barrio.
Continuando en dirección sur, el municipio de Navalcarnero da nombre a una de las cuatro subzonas de la DO Madrid. Su emplazamiento hace de esta Villa Real un buen punto de partida para una jornada de enoturismo, que puede empezar en el mismo Museo del Vino. Fuera de los límites del antiguo trazado del pueblo, hay cuatro ermitas cardinales construidas en el siglo XVI.
Cerca de allí, es obligado pasear por Colmenar de la Oreja, el pueblo de piedra blanca por excelencia. Con ella, están construidos iglesias y monumentos, desde la Almudena hasta el Palacio Real. “La plaza es preciosa”, subraya Del Barrio, quien insiste en perderse también entre las bodegas de la zona. La experta en vino también recuerda que el municipio fue epicentro de la elaboración de tinajas en España: “Se utilizaron en todas las bodegas, incluso llegaron a Portugal”.
Ahora bien, el gran tesoro de Colmenar es el Museo de Ulpiano Checa, prácticamente desconocido. El pintor, nacido en el pueblo en 1860, fue una de las firmas más cotizadas del arte europeo de la época. Además de sus pinturas de la alta sociedad, sus cuadros de temática romana han inspirado escenarios como los de Ben-Hur y Quo Vadis. “Investigaba muchísimo. Tanto, que directores de Hollywood se pusieron en contacto con el museo para estudiar las obras y hacer las películas. En el vestido y en las cuadrigas, por ejemplo”, enfatiza Del Barrio.
Norte montañoso
La blancura de Colmenar contrasta con la arquitectura negra de Patones de Arriba, uno de los ejemplos más representativos de la construcción de pizarra. Situado a 60 kilómetros al noreste de Madrid, sus casas, repartidas por la montaña, muestran la evolución del urbanismo y la arquitectura: las primeras apenas tenían unos metros cuadrados, mientras que en el siglo XVII ampliaron su superficie y, en el siglo XVIII, empezaron a organizarse en calles.
Probablemente los espacios más fotografiados del pueblo son los antiguos hornos, el lavadero y las eras utilizadas para la trilla y aventado del cereal maduro. Es obligatorio subir a la parte más alta del núcleo urbano donde, además de preciosas vistas, hay los antiguos tinados: cabañas para cobijar rebaños de ovejas y cabras.
Estas estructuras dan una idea de la importancia de la agricultura y la ganadería en la zona, explicada en el Museo de la Agricultura de Torremocha del Jarama. Este pueblo destaca por contar con uno de los escasísimos ejemplos de arte románico de la Comunidad, la iglesia de San Pedro Apóstol. Por si fuera poco, dentro hay frescos de gran valor. Durante el paseo entre las casonas tradicionales de adobe y teja perfectamente conservadas, el municipio se convierte en un homenaje a los oficios tradicionales.
Entre la complicada orografía de la Sierra, El Molar esconde más de 200 cuevas de tiempos árabes donde antiguamente guardaban el vino por su temperatura y humedad constante. “Ya entonces se conservaba y consumía vino”, destaca Del Barrio. Aún hay bodegas que organizan actividades enoturísticas en la zona e, incluso, restaurantes que sirven carne a la brasa en las mismas cuevas.
