Alberto Ruiz-Gallardón ha sido alcalde de Madrid y presidente de la Comunidad. Y, de hecho, durante seis meses, en 2003, fue las dos cosas a la vez. Gallardón, que durante 15 años fue el principal referente político madrileño, estrenó ayer los Momentos Estelares de The New Madrid Post en una sesión que convocó a un centenar de representantes diversos de la sociedad civil de la capital. "Madrid ha sido la gran sorpresa de España", fue una de las principales conclusiones de la sesión, en la que conversó con el arquitecto Fernando Caballero y el periodista Rodrigo Pinedo, consejeros de The New Madrid Post.
La autonomía accidental y el despertar de Madrid: el origen gibraltareño de Madrid
Gallardón destacó en su intervención una de las grandes paradojas de la historia política reciente de España: "Madrid es una comunidad autónoma en contra de su voluntad". Lo que hoy se erige como un motor económico indiscutible nació, en realidad, de un descarte histórico, de la necesidad de reubicar un territorio que, de repente, se había quedado sin lugar en el mapa autonómico español. El relato de Ruiz-Gallardón nos transportó a la Transición. El exalcalde recordó que cuando se redactó la Constitución de 1978, la idea original no era que toda España se dividiera en comunidades autónomas. El modelo estaba pensado principalmente para aquellas regiones que ya tenían una estructura histórica o que habían refrendado su autonomía durante la Segunda República, como Cataluña, el País Vasco y Galicia. Sin embargo, ante las tensiones territoriales, el gobierno de la UCD, y con el impulso del entonces ministro Rodolfo Martín Villa, decidió aplicar la famosa fórmula del "café para todos", lo que significaba que "todo el territorio español se va a constituir en comunidad".
En este nuevo puzle, Madrid quedó "suelta completamente". Históricamente unida a Castilla la Nueva, su destino lógico y deseado era formar parte de la nueva comunidad de Castilla-La Mancha. De hecho, Madrid llegó a estar incluida en el decreto preautonómico de esta región. Pero ocurrió lo impensable: "Todos los diputados de Castilla-La Mancha votan en contra" de incluir a Madrid. El motivo de este rechazo era el miedo. Creían, en palabras de Gallardón, que con la descentralización del Estado hacia las autonomías, el poder político y económico abandonaría la capital. A esto se sumaba un grave problema de reconversión industrial en el sur y el corredor del Henares, repleto de tensiones y conflictos laborales. Castilla-La Mancha, sencillamente, no quería cargar con ese "lastre".
Rechazada por sus vecinos históricos, Madrid se enfrentaba a un vacío legal. Ni siquiera cumplía con los requisitos para ser una comunidad autónoma uniprovincial, ya que la Constitución reservaba esa figura, tal y como explicó Gallardón, para territorios con una identidad histórica singularizada, como Asturias, algo de lo que Madrid carecía. La salvación legal apareció en la letra pequeña de la Carta Magna: el artículo 144. Este precepto establecía ya que, por "razones de interés nacional", se podía autorizar desde las Cortes Generales la creación de una comunidad autónoma uniprovincial aunque no cumpliese los requisitos estándar. Lo más fascinante de esta solución es el origen del artículo. Según desveló Ruiz-Gallardón al investigar las actas constituyentes, el legislador no pensaba en Madrid al redactarlo, sino en un hipotético retorno de la colonia británica de Gibraltar: "Se redacta el artículo 144 para que si Gibraltar vuelve a España pueda ser una comunidad autónoma". Gibraltar nunca volvió, pero su artículo permitió fundar la Comunidad de Madrid.
De "corte" a potencia civil
Cuarenta años después, aquel territorio rechazado, que se formó "a nuestro pesar", ha protagonizado lo que Ruiz-Gallardón califica como "la gran sorpresa para España". Contra los pronósticos que auguraban su hundimiento por la pérdida del monopolio del poder político, la región ha liderado el crecimiento en renta, población y captación de inversión extranjera. ¿Cuál fue el secreto? Según Gallardón, al perder su estatus exclusivo de "corte" y verse obligada a funcionar por sí misma, la sociedad madrileña "dejó de mirar al poder político" y "miró a la sociedad". Fueron los empresarios, los emprendedores y la sociedad civil quienes despertaron y tomaron las riendas, alejándose del "vicio de la corte", en palabras del exalcalde. Gallardón considera que mientras otros territorios históricos cayeron en la trampa de hipertrofiar sus propias administraciones políticas, eclipsando a sus sociedades civiles, Madrid hizo exactamente lo contrario. En 2001, cuando el entonces alcalde de Barcelona Pasqual Maragall llegó a escribir que "Madrid se iba", anticipando una presunta decadencia; la respuesta del entonces alcalde Ruiz-Gallardón, convertida hoy en una constatación histórica, fue clara: "Madrid se queda". Una comunidad que nació de rebote logró convertir "la piedra que desechan los arquitectos" en la "piedra angular" de su propio desarrollo.
