"El alcalde no es un político de partido. Es muy negativo que los alcaldes hagan política de partido. Hay que sentir que el alcalde es de todos". Así lo sostuvo Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid de 2015 a 2019, en una nueva sesión de Momentos Estelares, organizada por The New Madrid Post el pasado lunes, 28 de septiembre, en CUPRA City Garage.
Durante una interesantísima conversación con el urbanista y consejero de este medio, Fernando Caballero, la exjueza incidió en que ella siempre intentó ser "independiente de verdad". "Las candidaturas de barrio buscaron una figura por la etiqueta, pero al comprobar que ejercía mi independencia con hechos, a muchos les costó entenderlo", reconoció. Y añadió una reflexión sobre los criterios con los que, a su juicio, deberían seleccionarse los representantes públicos: "A los políticos hay que elegirlos por su trayectoria, por cómo organizan su vida y por su calidad humana, no por pancartas ni mítines".
Al oírla me retrotraí, irremediablemente, a 2015. Yo era director de Comunicación del Arzobispado de Madrid y Manuela Carmena acababa de convertirse en alcaldesa. En agosto no acudió a las fiestas de la Paloma, una de las celebraciones más castizas de la capital. Su ausencia hizo correr ríos de tinta y alimentó el debate sobre cómo iba a relacionarse con la Iglesia. Unos meses después, a las puertas de la fiesta de la Virgen de la Almudena, recuerdo el runrún en torno a su presencia e incluso que, en ciertos ambientes, se asumiera que iba a ser silbada e increpada cuando renovara el tradicional Voto de la Villa. También recuerdo que el entonces arzobispo, el cardenal Carlos Osoro, estaba dispuesto a detener la celebración si alguien abucheaba a la alcaldesa.
Finalmente, no hubo incidentes y la regidora pudo renovar el voto, una tradición que se remonta al siglo XIV, cuando los madrileños quisieron agradecer a la Virgen su intercesión en el cese inmediato de la peste que entonces asolaba la villa. Frente a la tentación de hacer un mitin, aquel día Carmena habló de la necesidad de construir "una ciudad abierta y acogedora, realmente fraterna, en la que quepamos todas y todos, independientemente de nuestro color, nuestro origen o nuestra condición social".
Con un eco casi evangélico, Carmena expresó su deseo de que "nuestro querido Madrid sea un lugar de reposo para el agotado, con techo para el desahuciado, con amistad para el abandonado, con esperanza para los sin techo y con abrazos acogedores para los refugiados". Así, apeló a la responsabilidad de los creyentes, para quienes el otro es "un hijo de Dios y, por tanto, un hermano del alma del que soy corresponsable", y subrayó que, para todos, creyentes o no, los demás son "una riqueza y una oportunidad para mejorar nuestra ciudad".
No sé si hoy Madrid es una ciudad mejor y más fraterna. No hay consenso sobre el legado de Carmena, como tampoco lo hay sobre el de otros alcaldes ni lo habrá sobre el de Almeida. Pero sí es necesario reivindicar una política capaz de aparcar las siglas y el argumentario, de juntar a quienes están en las antípodas y buscar soluciones reales a los problemas de las personas.
En pleno debate sobre la vivienda, la propia Carmena quiso cerrar el encuentro rescatando la figura de Concepción Arenal, pensadora —feminista y católica, por cierto— que "impulsó la Constructora Benéfica para levantar más de doscientas viviendas obreras en la capital". Una iniciativa que muestra el empeño de avanzar fuera del debate partidista. Ahora convendría que, más que usar el caso de Maricarmen como arma arrojadiza, "los hunos y los hotros" se sentaran a la mesa para acordar respuestas a corto, medio y largo plazo. Frente a la política de partido, política para todos.
