La contracrónica: Gallardón, el ignaciano que transformó Madrid

Alberto Ruiz-Gallardón junto a Rodrigo Pinedo, consejero de The New Madrid Post, en Cupra City Garage Madrid
Alberto Ruiz-Gallardón junto a Rodrigo Pinedo, consejero de The New Madrid Post, en Cupra City Garage Madrid
Rodrigo Pinedo Texidor
09 de julio de 2026 a las 18:43h

En Momentos estelares de la humanidad, Stefan Zweig rememora episodios que cambiaron la historia y reúne un catálogo de personajes cuyo impacto aún hoy pervive. Algunos de los capítulos, como el de Händel, emocionan hasta la lágrima. Otros, como los de Bizancio, el Polo Sur o La marsellesa, funcionan casi como películas. Quizá por ello, no puede ser más acertado que los encuentros que va a organizar periódicamente The New Madrid Post se llamen, precisamente, Momentos estelares. En ellos se van a dar cita voces destacadas en la historia reciente de Madrid y personas llamadas a tener un papel central, como actores, guionistas e incluso directores, en la película que producimos entre todos los madrileños.

Momentos Estelares arrancó oficialmente este miércoles, 8 de julio, en el privilegiado CUPRA City Garage, con una conversación entre Alberto Ruiz-Gallardón y el arquitecto Fernando Caballero Mendizábal, con quien comparto consejo de The New Madrid Post. El que fuera presidente de la Comunidad de Madrid (1995-2003) y alcalde de la capital (2003-2011) sostuvo desde el principio que el éxito de Madrid se ha producido a pesar de que nunca quiso ser una comunidad autónoma independiente y a pesar de su capitalidad. Sí, «a pesar de». A su juicio, Madrid fue más pequeña cuando fio todo a la Corte y pensó que de ella dependía su futuro. El bum de las últimas décadas ha llegado porque ha sido capaz de armar una sociedad civil fuerte, con una vida cultural y económica potente, a veces incluso de espaldas al poder político y los «vicios» cortesanos. «Si se quieren llevar un ministerio, que se lo lleven. ¿Qué es lo que no se puede ir de Madrid? Una sola empresa», aseveró.

Del Metro a Madrid Río

En contraste con el cortoplacismo de buena parte de la clase política española actual, inmersa como está en una campaña electoral permanente, Ruiz-Gallardón pidió una mirada a largo plazo y proyectos transformadores. Aunque reconoció que él quizá lo tuvo más fácil por verse legitimado con una mayoría absoluta, defendió que, cuando llegó a la Puerta del Sol tras doce años en la oposición, lo hizo con una hoja de ruta clara: entre otras cosas, había que construir en ocho años más kilómetros de Metro que en los ochenta anteriores. Era la forma de ganar «extensión» y, con ella, «competitividad». Era la forma de hacer partícipes de la vida social y cultural de la ciudad a todos los habitantes de la región. Y también era la forma de atraer actividad económica, dado que no eran lo mismo cinco millones de potenciales consumidores y trabajadores que tres.

Tras esta experiencia, Aznar le propuso ser candidato a la Alcaldía de Madrid no porque creyera que lo había hecho bien, sino porque «era el único que podía ganar según las encuestas». Tamayazo mediante, tuvo que simultanear el cargo de alcalde con el de presidente en funciones de la Comunidad de Madrid y, en esos meses, aprovechó el doble sombrero para agilizar el inicio del soterramiento de la M-30. Como los canónigos de la catedral de Sevilla, quería una obra con la que «nuestros descendientes nos llamaran locos». A pesar del alto coste, él y su concejal de Hacienda, Juan Bravo, no cayeron en la tentación de recalificar el suelo de encima y alumbraron Madrid Río, que hoy ya no es «un parque de distrito», sino «de ciudad, como el Retiro». Con el proyecto —argumentó— se cerró «una herida» que partía Madrid y se tejió una nueva ciudad, igual que el Metro acercó el norte y el sur.

En defensa de los Estados Unidos de Europa

Ahora hay que celebrar que el éxito de Madrid es también el éxito de España, claro. Pero Gallardón advirtió del peligro de encerrarnos y alargar discusiones locales, de espaldas a lo que ocurre más allá de nuestras fronteras. «En un mundo globalizado, España no puede sobrevivir sola» y la capital no debe compararse con Barcelona ni con otras ciudades españolas, sino que «tiene que ser la gran capital del sur de Europa, una capital europea, dentro de un Estado europeo». Y aunque admitió que puede ser «doloroso», abogó por superar las naciones, que siempre mantendrán su carácter «emocional e histórico», y avanzar hacia una suerte de Estados Unidos de Europa. En un escenario dominado por América, con la impronta de Estados Unidos, y Asia, bajo la batuta de China, es la única forma de que el Viejo Continente pueda construir «un discurso propio» y no acabe convertido en «un parque temático».

Estas afirmaciones no dejarán indiferente a casi nadie, como nunca dejó indiferente la actividad política de Ruiz-Gallardón. Buena parte de la derecha —especialmente la mediática— le acusó permanentemente de coquetear con la izquierda y, en ambas trincheras, hubo quienes lo tildaron de «megalómano». En la conversación quedó patente, sin embargo, que siempre tuvo ideas propias y un modelo para Madrid y los madrileños, sin plegarse a agendas ajenas.

Personalmente, antes albergaba la intuición de que, en la forma de entender y ejercer el poder de Gallardón, fue decisivo su paso por el colegio Nuestra Señora del Recuerdo, tras cuyos «tutelares muros» también fui educado. Este miércoles lo confirmé. Extralimitándome en mi papel de presentador, al principio del encuentro le reproché que, durante años, le perseguí sin éxito para hacerle una entrevista en la revista de antiguos alumnos. «Yo no hubiese sido quien soy si no me hubiese educado la Compañía de Jesús. Me marcó no solo personal, sino políticamente», valoró el exalcalde sin amilanarse.

De la mano de los jesuitas, Gallardón recibió «una educación muy exigente, pero con una vocación clara de transformación y de servicio». Después, al estilo de san Francisco Javier en Japón, De Nobili en la India o Mateo Ricci en China, tuvo el ingenio necesario para adaptarse, cediendo a veces en aspectos circunstanciales, y así llegar a lo esencial. Contemplativo en la acción, entendió que Madrid era su casa. Que el mundo es nuestra casa.