A Los 33 no fui, me llevaron. Los hermanos de la Vega, mexicanos y devotos del sitio, me citaron un miércoles a mediodía con la fe de quien va de peregrinación. Dentro se oye inglés, francés y español, aunque este último tiene, casi siempre, acento mexicano.
Una reina portuguesa y un pub irlandés
La plaza debe su nombre a un convento que fundó en 1748 Bárbara de Braganza, portuguesa y esposa de Fernando VI, con la intención de que sirviera como colegio de niñas nobles y también como lugar de retiro para ella en caso de enviudar. Murió antes que el rey y ambos descansan en la iglesia de al lado, en un mausoleo de Sabatini, mientras que el convento acabó convirtiéndose en la sede del Tribunal Supremo.
En el número 9, antes de que llegaran las brasas, hubo un pub irlandés llamado Finnegan’s, con sus pintas, sus pantallas y su rugby, que llegó incluso a tener equipo propio, los Leones de Madrid. Hoy es una parrilla uruguaya llena de mexicanos, situada en la plaza de una reina portuguesa y en el mismo lugar donde antes se bebía cerveza irlandesa. Madrid entero cabe en una mesa.
El nombre del restaurante procede de los 33 guerrilleros de la independencia uruguaya y juega también con las 33 revoluciones del vinilo, porque Ignacio Ventosa, uno de sus responsables, viene del mundo de la música.
Lo más madrileño es ser mexicano
La calle Fernando VI lleva ya tiempo cogiendo acento. Allí pedalea Síclo, el spinning mexicano, y en la galería Max Estrella, sin parentesco conocido con el personaje de Valle-Inclán, nueve de cada diez clientes son coleccionistas latinoamericanos.
A estas alturas, pocas cosas hay más madrileñas que ser mexicano.
El viaje es, además, de ida y vuelta. Leiva, de la Alameda de Osuna, grabó en México Cuando te muerdes el labio y toca la batería en The Guapos junto a tres músicos mexicanos. En sentido contrario, Chavela Vargas llamaba a la Residencia de Estudiantes su casa en España, y fue Almodóvar quien le presentó a Sabina una noche en la sala Morasol. A estas alturas, pocas cosas hay más madrileñas que ser mexicano.
Elogio de la madera
Lo mejor de Los 33 es la carpintería, porque hay madera en el suelo, en las estanterías, en las ventanas con marquetería y hasta en los baños. Los tonos cambian, todos nobles, y el olor a barniz termina imponiéndose incluso al de la cocina. Hay restaurantes que huelen a brasa y este, por momentos, huele a ebanista.
También hay velas de verdad, con fuego, algo de lo que deberían tomar nota los partidarios del cirio de plástico, esa mentira con pilas. Juntar madera y llama viva en un restaurante tiene algo de temerario y también de declaración de principios.
Pedimos los clásicos. Llegaron el bikini a la parrilla de prosciutto y havarti, los macarrones gratinados “de Resaca” —que así se llaman en la carta—, las croquetas de jamón ibérico y el solomillo a la pimienta. Todo estaba rico, dentro de una cocina poco sofisticada y claramente pensada para un público internacional. Me sabe mal admitir que lo más memorable fuera un bikini. Lo fue, y estaba muy bueno.
La reserva concede una hora y 45 minutos y, cuando ese margen empieza a agotarse, el personal comienza a rondar la mesa con una insistencia innecesaria. En un restaurante donde casi todo invita a quedarse, esa sensación de cuenta atrás sobra.
Un buen amigo sostiene que un restaurante se juzga por dos cosas, los baños y el postre.
Un buen amigo sostiene que un restaurante se juzga por dos cosas, los baños y el postre. Pedimos helado de chocolate con pan, aceite y sal, aunque en Los 33 la competición la ganan los baños, que merecen la visita pese a la penumbra, o quizá precisamente por lo poco que deja ver. El jabón es de Byredo, la perfumería sueca de lujo que compró la catalana Puig, y desde mi mesa podía verse un cartel de la misma marca en el escaparate de enfrente. En Salesas hasta los olores van a juego.
El ambiente es cool, alternativo y locochón, como dirían mis anfitriones, y quizá esa mezcla explique buena parte del éxito del lugar, una parrilla uruguaya en una plaza bautizada por una reina portuguesa, ocupada por mexicanos y levantada sobre las ruinas de un pub irlandés.
De Madrid al cielo, vía Montevideo y con acento mexicano.