En SOLO CSV no hay carteles, ni flechas, ni un "por aquí" que indique al visitante hacia dónde debe dirigirse. Entras y te pierdes porque, en buena medida, esa es la idea.
Aquí se imprimían las leyes
En 1847, Manuel Rivadeneyra compró un terreno en la Cuesta de San Vicente y montó allí su imprenta. Había hecho dinero en imprentas de Chile con el propósito de pagarse un sueño: la Biblioteca de Autores Españoles. De aquí salieron la Gaceta de Madrid, abuela del BOE, y La Ilustración Española y Americana, y en 1881 la imprenta ya ocupaba toda la manzana. Donde antes se componían decretos, hoy hay arte que no obedece a ninguno.
Ni museo ni galería
Juan Herreros convirtió la nave en un recorrido oscuro y cambiante, distribuido en dos plantas y concebido para que los espacios se sucedan sin la previsibilidad de un museo convencional. Hay un ágora para 400 personas, un invernadero de vidrio incrustado dentro del edificio y, en el sótano, una sala de columnas. En lugar de una sucesión de paredes blancas, aparecen salones, rincones y sorpresas, de manera que las obras dialogan entre ellas mientras el visitante escucha.
La colección supera las 1.300 obras y tiene una querencia clara por el pop, el cómic, la figuración y la cultura urbana. Hay quien la encuentra infantil y, con el padre de Pocoyó entre los dueños, el chiste se escribe solo. Ellos lo llevan bien y aseguran que intentan no tomarse nunca demasiado en serio.
En el gremio se critica la mezcla y también la chequera. Algo de razón habrá y algo de envidia, también. Lo indiscutible es que han puesto el dinero, se han dejado asesorar y han abierto dos de los espacios más distintos del arte contemporáneo en Madrid. Guste o no, hay que verlos.
Un dolmen en la imprenta
Volví por Criaturas híbridas, la colaboración de SOLO con la galería barcelonesa Senda, que reúne a tres artistas: Evru/Zush, Sandra Vásquez de la Horra y Gonzalo Guzmán. Para mí, el mejor es Guzmán.

Estudió diseño industrial y, durante la pandemia, empezó a tener sueños lúcidos que acabó convirtiendo en esculturas: menhires y dólmenes de acero inoxidable pulido, con una superficie que recuerda a la chapa de un coche recién encerado. Reflejan la sala y también a quien se acerca. Son tres piezas, tres golpes. Hay que seguirle la pista.
Y ahora, lo mejor. Me cuentan que el abuelo de Guzmán trabajó en estas imprentas y que aquí se dejó parte de un dedo. Dos generaciones después, el nieto vuelve al mismo edificio con esculturas de metal. La imprenta se cobró un dedo; el arte le devuelve la mano entera.
Una pega. En la presentación subieron al escenario tres pesos pesados del arte contemporáneo, que lo han sido todo y lo saben. Hablaron mucho y, sobre todo, de sí mismos, mientras echábamos de menos escuchar al artista. Un poco de aire fresco no habría sobrado.