Ha vuelto la lluvia y Madrid saca el abrigo, recoge las terrazas y vuelve a buscar refugio. Empieza la temporada de cafés, y toca estrenarla bien.
La tacita de plata
En Miau (1888), Galdós sitúa en la calle de los Reyes la casa de la tía Quintina, una "tacita de plata" llena de estampas de santos que su marido traía de Francia. Cadalsito se quedaba embobado mirándolas, hasta que la abuela le metió miedo contándole que la tía quería venderlo a los franceses. Muy cerca, en la calle de Quiñones, vivía la familia de los Miau. Siglo y pico después, en la calle de los Reyes se sigue importando, aunque ya no sean santos, sino café de medio mundo y gente de todas partes.
Café de campeones
Misión lo abrieron Nolo Botana y Pablo Caballero, los de Hola Coffee. Caballero fue campeón de España de baristas y aquí trabajan con una Modbar, una cafetera que esconde las calderas bajo la barra y deja a la vista únicamente unos grifos. Los que saben de café sitúan Misión entre los mejores de Madrid, muchos directamente en el podio.
Pero mi favorito no es el café, sino el chai, con una receta que Chimo Chai elaboró para la casa. Es el mejor que he probado, tanto en Madrid como fuera, y lleva especias de verdad, hasta el punto de que se mastica algún trocito de jengibre. Pídelo con leche de avena y con hielo, aunque llueva. Hazme caso.
Pan propio, sal ajena
En el portal de al lado está Misión Bakehouse, el obrador donde hornean su propio pan y bollería y que también despacha para llevar. Lo mejor es el hojaldre: el croissant y la napolitana de chocolate merecen la pena, pero por encima de ambos está el kouign-amann, ese bretón de mantequilla y azúcar caramelizado que solo venden en el obrador. El cinnamon roll también está bien, aunque resulta algo panoso.
La carta de desayunos es larga y, como soy de huevos benedictos, aquí me quedo con los de pastrami, que cumplen: brioche de la casa, aguacate, espinacas y holandesa de chipotle, aunque llevan más pan que salsa. También está muy rico el sándwich de pastrami, con queso pasiego y pepinillos, así como la tostada de tomate y ricotta, acompañada de cherrys asados y miel.
Y luego está la cookie, que combina chocolate, aceite de oliva, café de filtro y sal en escamas. Alguien decidió que el chocolate necesitaba sal, una idea que no entiendo, pero respeto.
Sin portátiles, con cactus
Aquí el portátil tiene las horas contadas, porque se viene a hablar, no a contestar correos. Bendito sea. Al fondo, una ventana con cactus a dos alturas filtra la luz y, vista desde el escaparate, da a la sala una perspectiva de bodegón.
Detrás de la barra se despliega el siglo XXI en pleno apogeo, con gente de todo el mundo que luce pantalones anchísimos, brazos de gimnasio y altura de alero. Todos simpáticos y cool. La tía Quintina se habría desmayado al verlos, o quizá se habría quedado a vivir.
La calle de los Reyes sigue siendo una tacita de plata. Ahora, con leche de avena.