
Nada de la visita del Papa León XIV a Madrid tiene sentido.
No tenía sentido esperar el sábado en un paseo de la Castellana abarrotado durante horas, a pleno sol, a que llegara el Sumo Pontífice. Fue un tiempo de demasiado calor, que a los ya no tan jóvenes nos trajo recuerdos de Vietnam, de aquella eterna jornada en Cuatro Vientos en mitad de agosto de hace quince años, esperando a que apareciera otro Papa: Benedicto XVI. Todos los sectores definidos desde la plaza de Lima se encontraban abarrotados: miles de peregrinos, venidos de todos los rincones de España y del mundo, se agolpaban alrededor de las grandes pantallas y de la poca sombra que daban los árboles laterales. La vigilia estaba enfocada a los jóvenes, pero no por ello dejaron de asistir católicos de todas las edades y condiciones: familias con niños, universitarios, frailes con hábitos del grosor de una colcha de invierno o monjas con toca negra absorbiendo, por si fuera poco, los rayos de un sol que no dio tregua hasta el anochecer. ¿Qué sentido tenía que esas familias se hubieran lanzado a la calle con todos los bártulos (carritos, muñecos, potitos…) para sentarse al sol a no hacer nada? ¿Qué justificación había para que grupos de universitarios echaran a perder una tarde entera de sábado, pudiendo haber salido de fiesta o haberla pasado estudiando para los próximos exámenes? ¿Y por qué una generación de ancianos, tanto laicos como religiosos, pusiera en juego su salud y su aguante para pasarse horas mirando una pantalla que tranquilamente podría haber visto desde su fresco salón?
Ocurrió lo mismo el domingo por la mañana, cuando tuvimos que madrugar como pocas veces antes hemos hecho un domingo y lograr llegar por un laberinto de calles cortadas a los alrededores de la Cibeles para hacer cola durante casi una hora, como si acabaran de sacar el nuevo reloj de moda o la tarta de queso más famosa de la capital. Se repitió la misma situación que el día anterior, con el agravante de que, en este caso, el sol no solo no perdonaba, sino que se iba alzando más y más por un cielo sin una apiadada nube que diera un respiro. Esta vez, para más inri, se duplicó (o incluso triplicó) el número de asistentes, haciendo que fuera todo aún más agobiante. ¿En qué cabeza cabe pasarse la mañana de un tranquilo domingo de pie en medio de una calle, rodeado de gente desconocida, para escuchar una misa a través de megafonía, en vez de hacerlo en la iglesia de siempre? Que Madrid tiene mucho de todo, y de iglesias no iba a ser menos. ¿Qué valor aportaba hacer colas que daban la vuelta sobre sí mismas para entrar al Movistar Arena (el nuevo nombre del siempre conocido Palacio de los Deportes) o tener que pedir un lunes libre en el trabajo para estar varias horas antes de poder entrar en el Bernabéu?
Objetivamente, nada de lo que ha pasado estos cuatro días tiene sentido. Porque ¿qué utilidad tiene desperdiciar un fin de semana entero para escuchar y ver a lo lejos a un señor que hace un año no sabíamos quién era, o para observarlo pasar en un coche a toda velocidad? Todos sus discursos están en la web del Vaticano, y todos los actos están grabados y colgados en redes, con fotos y vídeos mucho mejores que los que se podían hacer in situ.
Esta puede ser (y seguramente será) la lectura que haga cualquiera que haya vivido esta visita desde la barrera, como espectador, ajeno a todo lo que sucedía por las calles de la capital. Y razón no le falta, pues las horas de cansancio, sed y sofoco no nos las quita nadie. Pero, de repente, desde lo alto de la calle Vitruvio o bajando por Serrano, se empezó a escuchar un breve murmullo que se fue convirtiendo poco a poco en un rugido. Un rugido que acabó estallando en una exaltación de gritos y aplausos, porque, sí, apareció por fin a lo lejos un discreto coche blanco semiencapotado con un hombre sencillo, incluso abrumado por las multitudes que coreaban su nombre, como si aquello no fuera del todo con él. Y es ahí donde se olvidan la espera, la falta de agua o el cansancio generalizado: porque ver y vivir a un Papa en directo va más allá de utilitarismos o de la practicidad que tanto obsesiona a la sociedad actual. Es un momento imborrable, que perdura durante el resto de la vida. Y, si no, que se lo pregunten a los que, orgullosos, recordaban las varias veces que, hace décadas, vieron a san Juan Pablo II en nuestro país.
No tiene lógica, pero tampoco la busca. Atisbar al Pontífice a lo lejos es suficiente para sentir el corazón hinchado o para que los ojos se llenen de unas lágrimas sin justificación alguna. Es ahí cuando cobra sentido estar apretujado dentro de una muchedumbre, mirando de manera cómplice y sonriente al de al lado, sabiendo que ha sentido lo mismo (“¡qué fuerte, era el Papa!”). Ese breve encuentro basta para renovar una fuerza interior que seguimos sin comprender de dónde viene (o que sabemos que viene de Algo incomprensible).
Y no, no es igual leer desde el móvil que escuchar en vivo, rodeado al atardecer por medio millón de personas, que “para reconocer la voz de Dios, puede ayudarnos ante todo el silencio”, y entonces descubrir, asombrados, que es precisamente ese atronador silencio lo que resuena más que mil cánticos al unísono. Porque los jóvenes (y no tan jóvenes) están sedientos de sentido, de búsqueda y de Verdad. Y escuchar en español a un Papa con acento yanqui decir “sed vosotros mismos chispa de una humanidad nueva” da gasolina a cualquiera que sienta que la vida tiene que ser más que números, likes o buenos puestos de trabajo.
Porque Madrid abre sus puertas a cualquiera, pero León nos recordó en su homilía del Corpus Christi que “Jesús camina nuestras calles y visita nuestros barrios”, y que no se trata únicamente de sacar la custodia, sino de “dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo y la indiferencia”. Que más de un millón de personas escuchen de viva voz, resonando a lo largo de kilómetros de la ciudad, que “nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano” tiene un impacto en cada oyente inalcanzable por cualquier discurso político.
Ser cristiano va más allá de la alegría, los cantos a coro o incluso la oración individual; es preocuparse por el de enfrente, es plantearse “qué herencia estamos dejando al futuro” o “qué tipo de comunidad estamos construyendo”, como dijo León el mismo domingo por la tarde, cuando nos invitaba desde el escenario a preguntarnos “qué es lo que hoy sembramos y qué es lo que florece o se marchita silenciosamente en nuestra sociedad”.
En efecto, nada de estos días ha tenido sentido, porque el sentido lo da algo más; algo más grande que todos nosotros, que nos remueve y nos lanza a “cambiar la historia, libres de modas y engaños”. No sabemos si León XIV volverá a España; esperemos que sí, pero, de no ser así, estaremos tranquilos recordando que, en un caluroso fin de semana madrileño, alzamos la mirada no para verle únicamente a él, sino para entender que hay que poner a Cristo, y por tanto al otro, en el centro de nuestra vida.
Y eso, a pesar del calor, la multitud y la espera, es lo que le da sentido a todo.